Cada semana, especialistas del Hospital Nacional de Niños (HNN) se enfrentan con al menos cinco casos de adolescentes que no buscan acabar con su vida, pero sí causarse daño y dolor.

“Es algo que vemos todos los días. Lo más común es cortarse la piel para provocarse heridas y sangrado, pero también se ven casos de personas que se arrancan el pelo o los granos”, explicó Max Figueroa, psiquiatra de la Clínica del Adolescente del HNN.

De acuerdo con el especialista, hay muchachos que, según su personalidad, muestran estas lesiones de forma abierta, otros se agreden en lugares poco visibles, como las ingles, los tobillos o las plantas de los pies.

“Se dice que entre un 13% y un 23% de los adolescentes van a autolesionarse en algún momento. A escala internacional, se habla de que la edad de inicio es entre los 10 y los 15 años, pero en el Hospital hemos visto casos de niñas de nueve años”, expresó Figueroa durante su ponencia en el Congreso Nacional de Adolescencia y Juventud, que se presentó esta semana en la Universidad Latina, en San Pedro de Montes de Oca.

El perfil. ¿Quiénes son estos jóvenes? Aunque hay diferentes tipos de personas que tienden a autolesionarse, hay gente que tiene más riesgo.

Según los expertos, en su mayoría son mujeres, pero esto no quiere decir que los hombres no sean víctimas. También es muy común en homosexuales o bisexuales, especialmente si cuentan con padres represivos.

Quienes sufren de bullying o matonismo también son más proclives a hacerse daño.

Otras motivaciones para esta conducta son el temor al futuro, las dudas sobre una carrera universitaria o inquietudes sobre qué pasará con ellos al terminar el curso lectivo.

Asimismo, podrían presentar tal comportamiento los jóvenes que creen tener habilidades sociales insuficientes, los que sufren de baja autoestima o los que carecen de capacidad para resolver conflictos. Fracasos como no ingresar a la carrera universitaria que soñaron también serían posibles detonantes.

En otros casos, las lesiones infligidas surgen por imitación. Si en un grupo de amigos, una persona asegura sentirse mejor cada vez que se corta, es posible que alguien más del grupo repita esa acción.

Estímulo dañino. Figueroa aseguró que detrás de quien busca causarse dolor cortándose, hay todo un sistema de estímulo cerebral que se activa.

Cuando una persona se corta y sangra, el cerebro genera endorfinas para contrarrestar el dolor. Estas endorfinas “adormecen” y generan bienestar. También se activa el sistema opioide del cerebro que libera sustancias analgésicas.

Conforme el tiempo pasa, si la persona se sigue cortando o provocándose dolor, la sensación es cada vez menor porque el cuerpo se acostumbra, pero las consecuencias de esta generación de placer a través de las endorfinas permanecen.

“En algunas personas se ven síntomas similares a los de una adicción”, apuntó el experto.

Sin embargo, este placer puede traer consecuencias para la salud como un mayor riesgo de infecciones, formación de cicatrices, deformación de los tejidos y el rechazo social.

Para combatir este deseo de lesionarse, una de las claves es la comunicación entre padres e hijos.

“No los juzgue, no los aconseje si no le piden consejos. Solo escúchelos y comparta su vida con ellos”, dijo Figueroa.

FUENTE: Por Irene Rodríguez para Nacion.com el 24/06/2017

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