Una historia real, como muchas otras de autoagresion…
Desde hace tres meses que Constanza ha manifestado estados anímicos de tristeza. Su pena es tan grande que a cada rato rompe en un llanto compulsivo, imposible de controlar. Le cuesta dormir por las noches, su apetito ha disminuido y el rendimiento escolar anda por el suelo. Siente el pecho apretado. La angustia parece dominarlo todo.

Demasiados padecimientos para una adolescente de sólo catorce años. Pero no es lo único a lo que la muchacha debe hacer frente. Sus padres, con quienes vive, atraviesan por un serio conflicto marital y cada vez que los oye discutir se encierra en su habitación y se inflige cortes en sus muñecas y antebrazos. ¿Por qué lo hace? Según ella, cuando lesiona su propio cuerpo es capaz de obviar las peleas de sus papás. Es su única forma de calmar esas aflicciones. Con eso pasa la angustia. Luego, limpia sus heridas, se recuesta en su cama y, por fin, logra conciliar el sueño.

Constanza carga con lo que los especialistas en salud mental denominan Síndrome de Automutilación, “un conjunto de síntomas que comprometen las emociones y que está caracterizado por episodios reiterados de descarga de angustia, ira y frustraciones a través de heridas provocadas en el propio cuerpo”.

¿Que dicen los medicos?
La doctora Carola Álvarez explicó que “si bien hay distintos tipos de autolesiones, la mayoría responde a una catarsis”. Un concepto que los antiguos griegos definían como una purificación casi ritual de las personas. Es decir, quienes se agreden buscan, con frecuencia, liberarse de sus pesares y tormentos.

Los casos no son pocos. Tanto así que el tema ocupará un lugar importante en el Congreso organizado por la Sopnia, donde Álvarez explica que se tratará la interrogante “¿Es ésta una epidemia silenciosa? Ello porque el Síndrome de Autoagresiones es cada vez menos silencioso. “Hay un contagio -en sentido metafórico-, pero no es que cualquier joven se infecte, sino que hay algunos que presentan vulnerabilidad, que han visto o escuchado a sus pares que tienen esta manera de calmarse”, advierte.
Álvarez llama a los padres a tener cuidado a restar importancia a las lesiones que se hacen sus hijos. “Suele ocurrir que los papás dicen ‘mi hijo no tiene nada, lo hace porque copia’”, dijo. Pero se equivocan.

Una investigación efectuada por la psiquiatra Virginia Böehme, en menores de 12 años, da cuenta que los chicos no actúan por imitación . “En ninguno de los casos estudiados se apreció eso. En infantes se ven pataletas intensas, con impulsividad inusitada, pueden golpearse la cabeza o aprender que al rascarse encuentran placer y se siguen hurgando hasta provocarse lesiones. O se sacan el pelo, se comen las uñas hasta herirse los deditos. También se da que se sacan y comen las costras”, dice.

Por eso, advierte, siempre que un niño o adolescente se agrede se debería consultar a un especialista. De hecho, uno de los descubrimientos del trabajo de Böehme es la importancia de buscar un diagnóstico, pues no siempre los pacientes se presentan para consultar por autoagresiones. Muchas veces llegan por otros motivos, principalmente por trastornos de conducta antisocial.

Hay tratamiento
El síndrome de automutilación puede verse asociado a trastornos del ánimo severos, incluyendo el trastorno bipolar -en el que el individuo oscila entre episodios depresivos y otros de euforia o manía-, también a experiencias traumáticas de la infancia o serios compromisos de identidad. Paralelamente se relaciona con una baja autoestima, intolerancia a la frustración, descontrol de impulsos y disfunción familiar.

La buena noticia es que es posible de manejar. Para ello hay que identificar el cuadro base o las patologías que subyacen a estos síntomas. “Con un tratamiento psiquiátrico se busca atacar, mediante fármacos, las enfermedades que están bajo el síndrome de autoagresión. Pero, sin duda, una parte muy importante es la psicoterapia, que favorece la canalización de emociones sin que el paciente requiera dañar su propio cuerpo”, dice Álvarez.

La facultativa sugiere que lo mejor es prevenir y vigilar cambios conductuales, como que los adolescentes se vuelvan retraídos, solitarios, que dejen de disfrutar de actividades con las que gozaban previamente o si pasan largo tiempo encerrados. Por su parte, Böehme dice que el simple hecho de que los niños se coman las uñas es un signo mayor de estrés. Cree importante observar a esos niños pues pueden aparecer otras formas parecidas con que intenten aliviar su angustia.

Cuando se presentan casos en los que hay conflictos en la familia -como el de Constanza- es muy importante la educación. “Los padres deben aprender a contener las emociones de sus hijos, promover modelos sanos de expresión emocional para que ellos se sientan acompañados, sobre todo en los períodos más críticos”, indica Álvarez, quien agrega que es importante que los conflictos “se resuelvan al interior de la familia, para que éste represente un lugar en el que se sientan acogidos y puedan comunicar sus experiencias, tanto negativas como positivas”.

FUENTE:Escrito por Pilar Villalobos en adolescentesdesenfrenados.blogspot.com en 2009

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